El senador Jorge Carlos Ramírez Marín ha salido recientemente a presumir, como si se tratara de una gran hazaña legislativa, una iniciativa relacionada con los derechos laborales de los trabajadores suplentes del ISSSTE. El mensaje suena correcto, incluso justo: “No es justo que quienes ayudan a garantizar el derecho a la salud de los mexicanos, no tengan garantizados sus propios derechos laborales”. Nadie podría estar en desacuerdo con esa afirmación. El problema no es el fondo, sino el tiempo… y el autor.
Resulta inevitable preguntar por qué esta preocupación surge ahora, cuando Ramírez Marín ha sido diputado federal en múltiples ocasiones y senador de la República, acumulando décadas de presencia en el Congreso. ¿Acaso la precariedad laboral de los suplentes del ISSSTE es un fenómeno reciente? ¿O simplemente no fue prioritaria mientras el cargo, el momento político o la conveniencia no lo exigían?
Presentar hoy esta iniciativa como un logro extraordinario no solo evidencia una memoria selectiva, sino también una práctica recurrente en la política mexicana: convertir en bandera lo que durante años fue omisión. Los trabajadores suplentes del ISSSTE han existido siempre, al igual que la injusticia laboral que hoy se denuncia con tono solemne y pose de redentor tardío.
La verdadera hazaña habría sido impulsar esta iniciativa desde la primera vez que ocupó una curul, cuando la experiencia era menor pero la responsabilidad era la misma. Lo demás es discurso reciclado, oportunamente desempolvado para encajar en la narrativa del momento.
Legislar no debería ser un acto de conveniencia ni de temporada. Los derechos laborales no tendrían que esperar a que un político decida, después de años de carrera, que es buen momento para “platicar” una iniciativa que debió haberse convertido en ley hace mucho tiempo.
