La política mexicana vive una reconfiguración profunda, pero no todos los partidos han sabido leer los tiempos. Algunos se extinguieron por traicionar su origen; otros sobreviven como satélites del poder; y unos más se mantienen vivos solo como franquicias locales administradas con torpeza o ambición personal. El caso del PRD, el PT y Nueva Alianza es el reflejo más claro de esta decadencia, particularmente en Yucatán.
El Partido de la Revolución Democrática (PRD) cerró en 2024 uno de los ciclos más tristes de la historia política nacional. Tras no alcanzar el 3% de la votación mínima —obteniendo apenas alrededor del 1.92%— perdió su registro como partido político nacional. Después de 35 años, el partido que nació como la gran esperanza de la izquierda terminó diluido, sin identidad y sin rumbo. Su progresivo declive fue consecuencia directa de haber renunciado a su esencia, pasando de ser una fuerza de oposición real a convertirse en un socio menor del PAN y el PRI, alianzas que terminaron de vaciarlo ideológicamente.
En Yucatán, la desaparición del PRD no fue un accidente: fue producto del mal manejo y la irresponsabilidad política de sus dos últimos dirigentes, Eduardo Sobrino y Alejandro Cuevas. Este último protagonizó uno de los episodios más vergonzosos del oportunismo político al “chapulinear” a Morena sin el menor respeto por la militancia que decía representar. No le importaron los afiliados, la estructura ni la historia del partido; solo le interesó su posición personal y su bolsillo. Así se enterró al PRD en el estado: con traiciones internas y ambiciones individuales.
El Partido del Trabajo (PT), en contraste, ha logrado fortalecerse a nivel nacional, pero no por mérito propio sino por su alineación incondicional con Morena. Su crecimiento en la Cámara de Diputados y en el Senado dentro de la coalición “Sigamos Haciendo Historia” lo confirma como un partido funcional al proyecto de la 4T. Ha operado, en los hechos, como una extensión legislativa de Morena, aunque recientemente intenta mostrar una autonomía estratégica de cara a 2027.
Sin embargo, en Yucatán, el PT dista mucho de ser una fuerza auténticamente local. Su dirigencia está en manos de forasteros, el presidente y su hermano, quienes se han adueñado del partido como si fuera un negocio particular, no como un instrumento político al servicio de la ciudadanía. No construyen base social, no forman cuadros y no generan proyecto: administran el partido como franquicia, esperando negociar posiciones cuando el contexto electoral lo permita.
Por su parte, Nueva Alianza (PANAL) perdió su registro nacional desde 2018, dejando claro que su paso por la política federal fue fugaz y oportunista. Su supervivencia se ha limitado a algunos estados donde mantiene estructuras ligadas al sector magisterial. Nacionalmente, su historia estuvo marcada por alianzas coyunturales con el PRI o el PAN, sin una identidad clara ni compromiso ideológico.
En Yucatán, Nueva Alianza carga con el peso de malas decisiones tomadas por sus anteriores dirigencias, especialmente en sus alianzas erráticas con el PRI y el PAN. A ello se suma un problema interno grave: mantener en nómina a amigos y compromisos políticos que no aportan absolutamente nada al partido, convirtiéndose en un lastre que impide cualquier renovación real. No hay proyecto, no hay autocrítica y no hay voluntad de limpiar la casa.
La conclusión es incómoda pero necesaria: los partidos locales no están muriendo por falta de votos, sino por exceso de ambición, mediocridad y traición a sus propias bases. Mientras sigan siendo administrados como botines personales o negocios familiares, su destino será la irrelevancia o la extinción. Yucatán no necesita partidos de membrete; necesita organizaciones políticas con identidad, ética y compromiso real con la ciudadanía. Todo lo demás es simulación.
