En conferencia de prensa en la banqueta solo demuestra falta de oficio político.
Entrevista, imagen son credito a la página Poresto online.
La renuncia de Rogerio Castro como delegado federal de Bienestar en Yucatán no es solo un ajuste administrativo: es un episodio que desnuda el verdadero problema del gobierno federal en el territorio: la soberbia, la improvisación y la ausencia total de oficio político.
Ariadna Montiel, secretaria federal de Bienestar, confirmó que Rogerio decidió renunciar y anunció que Benito Mateo quedará como encargado interino. Pero lo verdaderamente escandaloso no fue el relevo, sino la manera en que se condujo la funcionaria federal, con una actitud que raya en la prepotencia y que representa un golpe directo al respeto institucional que merece Yucatán como estado libre y soberano.
Conferencia de banqueta y desprecio institucional
La secretaria llegó a Yucatán y se permitió dar una especie de “conferencia de banqueta”, sin coordinación pública con el titular del Ejecutivo estatal y sin el mínimo respeto a la investidura del gobernador.
No fue un acto de colaboración institucional. Fue un acto de imposición.
Porque cuando una secretaria federal pisa un estado para anunciar decisiones sin interlocución, sin diálogo visible y sin cortesía política, lo que está diciendo en realidad es:
“Aquí no importa el gobierno local. Aquí manda México.”
Y esa actitud no solo es ofensiva: es peligrosa, porque envenena la relación entre niveles de gobierno y rompe el espíritu federalista que supuestamente defienden.
El mensaje más grave: “no será de Yucatán”
Pero el momento más insultante fue cuando Ariadna Montiel declaró, con tono desafiante, que el próximo delegado no será yucateco y que será designado desde la Ciudad de México.
Eso no es un anuncio.
Eso es una advertencia.
Eso es un desplante.
Eso es una provocación política.
Porque lo lógico, lo sensato y lo institucional sería que el perfil surgiera del conocimiento del estado, de la realidad social, de las comunidades, de los municipios, de las necesidades de la gente.
Y entonces surge la pregunta inevitable:
¿Quién mejor para atender Yucatán que un yucateco que conozca a los yucatecos?
Imponer a alguien de fuera no es eficiencia, es desprecio. Es actuar como si Yucatán fuera un territorio intervenido, no un estado con identidad, historia y autoridad propia.
Cero oficio político: la secretaria exhibe su incapacidad
Ariadna Montiel demostró que no tiene oficio político. No sabe operar con diplomacia, no entiende los códigos mínimos del respeto institucional, y parece ignorar que cada palabra pública tiene consecuencias.
Una funcionaria con experiencia habría actuado distinto. Aunque la decisión ya estuviera tomada, por cortesía política debió decir algo tan básico como:
“Se analizarán perfiles, se escucharán propuestas del gobernador y se elegirá la mejor opción para garantizar la continuidad de los programas.”
Aunque fuera una frase diplomática, aunque fuera solo una formalidad, aunque fuera un discurso calculado. Eso se llama política.
Pero no. Prefirió la arrogancia.
Y con ello dejó claro que no le interesa construir gobernabilidad, sino imponer autoridad.
Deja mal a la presidenta Claudia Sheinbaum
Y aquí está lo más grave: Ariadna Montiel no solo faltó al respeto a Yucatán, también le hizo daño a la presidenta Claudia Sheinbaum.
Porque cada acto de soberbia de un secretario federal se interpreta como postura del gobierno central. Cada desplante se vuelve un mensaje presidencial. Cada falta de tacto se vuelve una herida política para quien encabeza el Ejecutivo.
Ojalá que la presidenta Sheinbaum se dé cuenta a tiempo: funcionarias así no fortalecen su gobierno, lo debilitan. No ayudan a consolidar su liderazgo, lo desgastan. No suman, restan.
Porque mientras la presidenta intenta proyectar cercanía, respeto y gobernabilidad, su secretaria de Bienestar aparece en los estados como si fuera virreina, repartiendo órdenes y cerrando puertas.
Conclusión: Bienestar no debe ser un instrumento de arrogancia
Bienestar es el programa social más importante del país. No puede ser manejado con soberbia, ni con desplantes, ni con decisiones que parecen castigos políticos disfrazados de estrategia administrativa.
Hoy no solo renunció un delegado.
Hoy se confirmó algo más delicado: que dentro del gobierno federal hay funcionarios que creen que el poder se ejerce humillando, imponiendo y pisoteando la cortesía institucional.
Y si la presidenta Claudia Sheinbaum no corrige ese estilo, la arrogancia de sus secretarios terminará siendo el sello que la oposición usará para definir su gobierno.
Porque lo que hizo Ariadna Montiel en Yucatán no fue liderazgo.
Fue prepotencia.
