Una sonrisa que dice demasiado.
Mientras se discutía una de las reformas políticas más importantes del actual gobierno, el discurso del propio Monreal provocó sorpresa entre legisladores de Morena. Entre risas y en tono aparentemente de broma —aunque para muchos sonó más a agradecimiento— lanzó comentarios hacia legisladores priistas recordando su pasado como “cenesista”, vinculado a la histórica organización campesina del PRI, la Confederación Nacional Campesina.
La escena no pasó desapercibida. Gestos de incredulidad entre los propios diputados morenistas dejaron claro que algo no cuadraba: ¿era una broma política o un guiño a la vieja estructura priista que durante décadas dominó el poder en México?
En política, los gestos pesan tanto como las palabras. Y cuando quien coordina la bancada mayoritaria parece más cómodo recordando sus raíces priistas que defendiendo una reforma impulsada por su propio gobierno, el mensaje que se envía es profundamente contradictorio.
El reconocimiento implícito de la derrota
El propio Monreal terminó admitiendo lo evidente: el llamado “Plan B” de la reforma electoral requiere cambios constitucionales y, por tanto, mayoría calificada. Es decir, dependerá del respaldo del Partido del Trabajo y del Partido Verde Ecologista de México.
Pero el problema no es reconocer la aritmética legislativa. El problema es la narrativa que se construye alrededor de esa realidad.
Cuando el coordinador de Morena parece más preocupado por tender puentes con la oposición que por consolidar la disciplina dentro de su propia bancada, inevitablemente surge una sospecha política: ¿hubo falta de operación o hubo cálculo?
La sombra de la negociación
Dentro del propio movimiento se empieza a escuchar una palabra incómoda: traición.
Porque cuando una reforma impulsada desde la presidencia no logra avanzar por falta de votos, alguien falló en la operación política. Y el responsable directo de esa operación en San Lázaro es el coordinador parlamentario.
Si además ese coordinador se permite bromear con la oposición recordando su pasado priista, el mensaje político se vuelve todavía más perturbador.
No es un secreto que Ricardo Monreal ha construido su carrera política transitando por distintas fuerzas. Pero una cosa es la trayectoria y otra muy distinta es la lealtad política en momentos decisivos.
Morena no puede permitirse ambigüedades
El movimiento que hoy gobierna México nació precisamente como una ruptura con el viejo régimen del PRI. Por eso resulta tan simbólico —y políticamente tan delicado— que su coordinador parlamentario evoque con ligereza su identidad cenesista frente a legisladores priistas.
La política es percepción, y la percepción que dejó este episodio es devastadora.
Si la reforma electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum no alcanzó la mayoría calificada, Morena tiene la obligación de revisar su propia conducción legislativa.
Porque cuando el liderazgo parlamentario genera dudas sobre su compromiso, la credibilidad del movimiento entero queda en entredicho.
Una decisión inevitable
Por eso, dentro de Morena ya empieza a discutirse lo que hace unos meses parecía impensable: la necesidad de relevar a Ricardo Monreal de la coordinación de la bancada.
No por diferencias personales.
No por rivalidades internas.
Sino por una razón política elemental: cuando la actuación de un coordinador dice más que mil palabras, la bancada necesita un liderazgo que no deje lugar a dudas.
Porque en política, la sonrisa equivocada en el momento equivocado puede revelar más que cualquier discurso.
