PAN Yucatán: la guerra por el poder mientras la oposición se desmorona.
La política tiene una regla básica: cuando un partido pierde el gobierno, tiene dos caminos. Reinventarse para volver a ganarse la confianza ciudadana o encerrarse en las luchas internas hasta convertirse en un partido irrelevante. Todo indica que el PAN de Yucatán ha optado por el segundo camino.
Hoy el partido ya no ocupa el Poder Ejecutivo. Los ciudadanos decidieron darle la oportunidad a Morena y al gobernador Joaquín Díaz Mena de conducir el estado. En este nuevo escenario, el PAN tiene la obligación de ser una oposición responsable, crítica y con propuestas. Sin embargo, lejos de cumplir ese papel, sus principales figuras parecen más preocupadas por repartirse las candidaturas federales y controlar el partido que por defender las causas de los yucatecos.
La disputa interna ya es inocultable. De un lado se encuentra el grupo político identificado con el exgobernador Mauricio Vila, integrado por Elías Lixa, Álvaro Cetina y Roger Torres. Del otro, el bloque encabezado por el exalcalde de Mérida, Renán Barrera y sus aliados.
Lo preocupante es que esta confrontación no gira alrededor de un proyecto para reconstruir al PAN como una verdadera oposición frente a Morena. La pelea es por el control de las candidaturas, de los espacios de decisión y del futuro político del partido.
Mientras Morena gobierna Yucatán y prepara su estrategia para consolidarse rumbo a 2027, el PAN consume su tiempo en una guerra de grupos. En política, ese tipo de errores suele pagarse muy caro.
En distintos municipios, diversos liderazgos panistas afirman estar recibiendo presiones para no respaldar posibles alianzas o coaliciones con otras fuerzas políticas. Según esos señalamientos, el mensaje es que quien no se alinee con el grupo dominante podría quedarse sin apoyo del partido. De ser así, esa estrategia podría terminar debilitando aún más a Acción Nacional en lugar de fortalecerlo.
El problema es que la dirigencia estatal parece no comprender que el escenario político cambió. El voto ciudadano ya no pertenece exclusivamente a dos partidos. La aparición de nuevas fuerzas políticas nacionales y locales ha transformado el mapa electoral, obligando a construir acuerdos y renovar liderazgos.
Álvaro Cetina enfrenta uno de los momentos más delicados para el PAN. Diversos militantes consideran que las decisiones de la dirigencia han favorecido los intereses de un grupo político antes que la unidad del partido. A ello se suma el desgaste que aún genera el legado del gobierno de Mauricio Vila, particularmente por las críticas relacionadas con el endeudamiento estatal, un tema que continúa presente en el debate público.
Paradójicamente, quien podría terminar pagando el costo de esta guerra interna es Cecilia Patrón Laviada. Sus aspiraciones políticas de mediano y largo plazo podrían verse comprometidas si el PAN llega dividido, debilitado y sin una estrategia clara para recuperar la confianza ciudadana.
Hoy el verdadero adversario del PAN ya no parece ser Morena. Su principal enemigo es la división interna, la falta de autocrítica y la insistencia de los mismos grupos de siempre por conservar el control del partido.
Los yucatecos ya demostraron en las urnas que el poder no es permanente. Quien gobierna hoy es Morena. Al PAN le corresponde construir una oposición fuerte, inteligente y cercana a la ciudadanía. Si, en cambio, continúa atrapado en la disputa por cargos y candidaturas, corre el riesgo de seguir perdiendo fuerza política frente a un electorado que cada vez exige más resultados y menos confrontaciones internas.
Porque cuando un partido de oposición deja de escuchar a la sociedad para escuchar únicamente a sus grupos de poder, comienza el camino hacia su propia derrota.
