Cecilia Patrón: ¿quién pagará la factura de Gabriela López?
Regresa el Corazón:
¿casualidad o la misma estrategia?
Hay gestos que dicen más que un discurso político.
Cecilia Patrón Laviada ha comenzado a utilizar nuevamente un recurso de imagen que muchos meridanos recuerdan: las manos formando un corazón.
Y aquí aparece un detalle que no debería pasar desapercibido.
Años atrás, durante la administración de Angélica Araujo, se utilizó como elemento distintivo el mensaje “Mérida, cómo te quiero”, acompañado precisamente por un corazón. Aquella estrategia de imagen política fue vinculada públicamente a la consultoría de Gabriela López Gómez.
Hoy, el corazón vuelve a aparecer.
¿Casualidad?
¿Coincidencia?
¿O estamos viendo el regreso de una vieja fórmula de comunicación política con nuevos colores y nuevo personaje?
La pregunta adquiere mayor interés precisamente porque Gabriela López Gómez habría pasado recientemente del gobierno de Joaquín Díaz Mena al entorno político de Cecilia Patrón.
Y entonces las preguntas se multiplican.
¿Cuánto cobró Gabriela López Gómez en las administraciones anteriores?
¿Quién le pagó?
¿A través de qué empresas o contratos?
¿Qué servicios prestó?
Y ahora, la pregunta que Cecilia Patrón debe contestar:
¿Quién le pagará esta vez?
Porque si el corazón es solamente un gesto personal de Cecilia, perfecto.
Pero si detrás de esa imagen existe una estrategia profesional diseñada por una asesora, consultora o empresa contratada con recursos públicos, los ciudadanos tienen derecho a saberlo.
No se trata de satanizar un corazón.
Se trata de saber cuánto cuesta el corazón político cuando la factura sale del presupuesto.
Mérida ya conoce las campañas construidas alrededor de frases emotivas, colores, corazones y mensajes sentimentales.
Pero los ciudadanos también han aprendido algo:
una imagen bonita no paga la luz, no tapa los baches, no resuelve la inseguridad y no sustituye los resultados.
Por eso Cecilia Patrón debería hacer algo muy sencillo: transparentar quién diseñó su estrategia de comunicación, cuánto cuesta y quién la está pagando.
Porque si el viejo corazón regresó, la ciudadanía tiene derecho a preguntar si también regresaron los viejos operadores, las viejas fórmulas y las viejas facturas.
El corazón puede ser nuevo.
La administración puede ser nueva.
Pero si quienes están detrás son los mismos, entonces habrá que preguntarse:
¿realmente cambió la política o solamente cambió el rostro de la campaña?
Y, sobre todo:
¿Quién está pagando ahora por ese corazón?
Porque una cosa es decirle a Mérida “te quiero”.
Y otra muy distinta es demostrarlo sin cargarle la factura al ciudadano.
