Cuando el pasado critica al presente sin mirarse al espejo.
Rolando Zapata Bello decidió desempolvar la historia para advertirnos que Morena “no es Santa Anna”. Lo hizo desde la comodidad de la tribuna nacional, con prosa cuidada, referencias solemnes y una comparación histórica que pretende profundidad. El problema no es la analogía —válida o no—, sino la omisión selectiva. Porque cuando se juega a historiador moral, el pasado propio también exige rendir cuentas.
Zapata Bello habla del caudillismo, del poder personal, de las obras faraónicas y de la narrativa grandilocuente que busca ocultar ineficiencias. Lo curioso es que, en su columna, no hay una sola línea dedicada a revisar su propio ejercicio del poder en Yucatán. Ahí, la memoria se vuelve frágil. Ahí, la crítica se queda sin espejo.
Durante su administración, Yucatán también conoció proyectos que se anunciaron como símbolos de modernidad y terminaron convertidos en cargas financieras. El Centro Internacional de Congresos de Yucatán es un ejemplo emblemático: una obra que opera en números rojos, sostenida con recursos públicos y utilizada, en gran medida, por el propio gobierno. Mucha épica, poca rentabilidad. Muy distinto al discurso que hoy condena las obras que “buscan pasar a la historia antes de demostrar utilidad”.
Otro caso es el de las Villas de Transición Hospitalaria para pacientes con enfermedades mentales, un proyecto que nació con buenas intenciones, pero cuya planeación, operación y resultados nunca fueron sometidos a una evaluación pública seria. Obras hay; resultados medibles, pocos. Exactamente el vicio que hoy se señala desde la pluma senatorial.
Pero el silencio más elocuente no es sobre las obras, sino sobre los beneficiarios del poder. Zapata Bello no menciona cómo, durante su sexenio, varios de sus cercanos prosperaron con notable eficiencia. Nombres como Sergio Vadillo Lora, Roberto Rodríguez Asaf o Víctor Caballero Durán no aparecen en su reflexión histórica, como si el enriquecimiento de amigos y operadores fuera un detalle menor o un accidente administrativo. La historia, sin embargo, también se escribe con contratos, influencias y redes de poder.
Resulta igualmente revelador que el senador no dedique una sola línea a criticar al actual gobernador de Yucatán, Joaquín Díaz Mena. No es un descuido: es conveniencia política. Buena parte de los operadores priistas que le sirvieron con lealtad hoy militan o colaboran con Morena Yucatán. Criticar al gobierno estatal sería, en los hechos, incomodar a su propia herencia política reciclada.
Más aún, Zapata Bello omite un dato incómodo: él mismo alentó y apoyó políticamente —y según diversas versiones, también económicamente— a Joaquín Díaz Mena para que compitiera por Morena en la gubernatura de 2018, con el objetivo claro de restarle votos al PAN. Hoy, fingir distancia crítica frente a un proyecto que ayudó a inflar es, cuando menos, un ejercicio de amnesia estratégica.
Por eso, cuando el senador advierte que el caudillismo y la debilidad institucional llevan a malos desenlaces, convendría recordarle que esos vicios no nacieron en la 4T ni llegaron con Morena. Son prácticas heredadas, perfeccionadas y normalizadas por generaciones de políticos que hoy se presentan como analistas del desastre que ayudaron a construir.
Antes de erigirse en fiscal histórico de la presidenta y del régimen actual, Rolando Zapata Bello haría bien en analizar su propio pasado con la misma “serenidad histórica” que exige a los demás. Porque la crítica sin memoria no es lucidez: es oportunismo. Y la historia, tarde o temprano, alcanza incluso a quienes creen haberla escrito con tinta invisible.
