La política de dádivas nunca ha sido sinónimo de liderazgo… y menos cuando se disfraza de “dinámica especial”.
Lo que recientemente protagoniza el diputado local Daniel González Quintal, mejor conocido en el barrio de San Sebastián como “El Turco”, no es un gesto de cercanía ciudadana, sino una vieja práctica reciclada: el intento burdo de comprar simpatías a cambio de migajas.
Una rifa. Sí, una rifa como estrategia política.
Un “bulto conmemorativo”, un libro de Andrés Manuel López Obrador y una mochila de marca que, para colmo, ni siquiera salió de su bolsillo. Ese es el nivel del ejercicio político que hoy se pretende vender como “cercanía con la gente”.
Pero aquí el problema no es el objeto rifado. Es el fondo.
Porque mientras se organiza el espectáculo digital del “participa y gana”, lo que no se ve —y lo que realmente debería importar— es el trabajo legislativo inexistente, la ausencia en territorio, la falta de gestión real para quienes sí necesitan soluciones, no souvenirs.
La pregunta es directa:
¿En qué momento un diputado decidió que su función era convertirse en animador de rifas en redes sociales?
El cargo que ostenta Daniel González Quintal no es menor. Es un representante popular pagado con recursos públicos. Su sueldo —financiado por los ciudadanos— no es para financiar su imagen personal ni para construir una base política a punta de regalos. Es para legislar, gestionar, atender y rendir cuentas.
Y ahí es donde el contraste se vuelve indignante.
Porque mientras se reparten “premios”, en las colonias hay necesidades reales sin atender. Mientras se presume cercanía en publicaciones, hay ciudadanos que no son recibidos. Mientras se busca el aplauso fácil, se evade la responsabilidad incómoda.
Este tipo de prácticas no solo son cuestionables, son peligrosas. Normalizan una política superficial, clientelar y vacía, donde el mérito se sustituye por marketing barato y la rendición de cuentas por entretenimiento.
No se trata de una mochila.
Se trata del mensaje que envía: que el político cree que la ciudadanía se conforma con regalos en lugar de resultados.
Y eso, en pleno 2026, no solo es una falta de respeto.
Es una señal clara de que algo está profundamente mal en la forma de ejercer el poder.
Porque el verdadero liderazgo no se rifa.
Se demuestra.
