Hay políticos que evolucionan. Y hay otros que solo cambian de uniforme. El diputado local de Morena por el Distrito 2 en la LXIV Legislatura pertenece claramente al segundo grupo. De origen priista, formado y protegido bajo el ala de Rolando Zapata Bello, hoy presume una camiseta guinda que le queda grande, no por la talla, sino por la falta de ideas, preparación y dignidad política.
En el barrio de San Sebastián no se le recuerda como un joven solidario ni como un promotor del deporte o la convivencia. Se le recuerda como parte de esa “banda” que se apropiaba de las canchas a base de intimidación, ahuyentando a cualquiera que no perteneciera a su círculo. El que quería jugar, se iba; el que no obedecía, aprendía. Años después, el método es el mismo: imponer, hablar fuerte y esperar que nadie cuestione.
Ya instalado en su curul, decidió regalarle al país una joya de ignorancia digna de antología. En una entrevista que él mismo difundió con orgullo en Facebook, afirmó que la refinería de Dos Bocas produce 3 millones de barriles diarios. Ni Arabia Saudita, ni Estados Unidos, ni el planeta entero producen tanta fantasía junta. La realidad —terca y documentada— es que apenas ronda los 210 mil barriles diarios. Pero para él, los datos son un estorbo menor frente a la necesidad de sentirse importante.
Con esa sola frase dejó en ridículo a su bancada, a la presidenta Claudia Sheinbaum, al gobernador del estado y, de paso, a cualquier ciudadano que aún crea que en el Congreso local hay alguien leyendo algo más que su propio ego. Aunque, siendo justos, no expuso a nadie más del Congreso: todos parecen navegar en la misma mediocridad cómoda, donde decir cualquier disparate no tiene consecuencias.
Lo más preocupante no es la mentira, sino la naturalidad con la que la dijo. Eso solo puede explicarse de dos maneras: o tiene asesores inexistentes, o tiene asesores tan ignorantes como él. Y su coordinador de bancada, lejos de corregir, parece dedicado a aplaudir. Tal vez porque aleccionar exige preparación, y exigir preparación incomoda cuando nadie la tiene.
Este diputado no es una anécdota, es un síntoma. El síntoma de un Congreso tomado por personajes que confunden el cargo con un micrófono, la política con un juego de barrio y la representación popular con una pasarela de ocurrencias. Es una vergüenza pública para quienes votaron con esperanza y hoy reciben ignorancia envuelta en soberbia.
Porque gobernar no es aterrorizar canchas ni inflar cifras. Y cuando un legislador no distingue entre la realidad y la fantasía, lo único que produce —eso sí, en grandes cantidades— es descrédito.
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