Ahora resulta que después del daño político ocasionado, después de exhibir una actitud soberbia y prepotente, y tras dejar mal parada a la presidenta Claudia Sheinbaum con declaraciones que violentan el respeto institucional, la secretaria Ariadna Montiel aparece tomándose una foto con el gobernador Joaquín Díaz Mena en el aeropuerto.
Una imagen forzada, tardía y evidentemente calculada.
No es cortesía: es control de daños.
No es institucionalidad: es maquillaje.
No es coordinación: es propaganda.
Primero impone… y luego posa
La secuencia es clara y vergonzosa: primero llega a Yucatán ignorando todos los códigos políticos, anunciando desde una “conferencia de banqueta” que el próximo delegado de Bienestar no será yucateco, prácticamente decretando que el nombramiento se decidirá en México sin tomar en cuenta a nadie del estado.
Después, cuando el escándalo ya está servido, cuando el mensaje de desprecio ya fue enviado, entonces aparece la foto con el gobernador como queriendo vender la idea de que “todo está bien”, de que “hubo diálogo”, de que “hay coordinación”.
Pero la realidad es otra: la herida institucional ya estaba hecha.
Violó códigos de ética y los principios de su propio partido
Lo más grave es que Ariadna Montiel no solo faltó al respeto al gobierno estatal: también violó los códigos básicos de su propio movimiento. Morena presume cercanía con el pueblo, respeto a la soberanía, coordinación institucional, humildad y ética pública.
¿Dónde quedó todo eso?
Porque lo que se vio en Yucatán fue lo contrario: imposición, arrogancia y desprecio. Y después, la típica estrategia de simulación: una foto para intentar borrar lo que ya quedó grabado en la memoria política del estado.
La foto no borra el mensaje: “Yucatán no decide”
Esa foto en el aeropuerto no cambia nada. No borra lo dicho, no corrige el insulto, no elimina la prepotencia.
La secretaria ya dejó claro lo que piensa: que Yucatán no tiene cuadros capaces, que los yucatecos no merecen dirigir Bienestar en su propia tierra, y que aquí se viene a obedecer órdenes dictadas desde el centro.
Entonces esa imagen es una falta de respeto doble: primero la imposición, y luego la pose.
¿Cree que vino a verle la cara a los yucatecos?
La pregunta es inevitable. Porque tomarse la foto después del desplante es un acto de cinismo político: como si el pueblo no entendiera lo que pasó, como si con una sonrisa y un apretón de manos se pudiera borrar el mensaje de desprecio que ya había lanzado.
Es como si pretendiera decir:
“Ya hice lo que vine a hacer… ahora sonrían para la cámara.”
Pero Yucatán no es ingenuo. Y los yucatecos no son espectadores de utilería.
Conclusión: el daño ya está hecho
Ariadna Montiel ya dejó mal a la presidenta Claudia Sheinbaum, ya exhibió la falta de oficio político y ya tensó la relación institucional con el gobierno estatal.
La foto no es reconciliación: es manipulación mediática.
Y si la presidenta Sheinbaum permite que sus secretarios actúen así, con soberbia primero y con simulación después, entonces el problema no será solo Ariadna Montiel: el problema será el mensaje nacional de un gobierno que presume transformación, pero actúa con las viejas prácticas del poder centralista.
Porque al final, lo ocurrido en Yucatán se resume en una frase:
primero vino a imponer… y después vino a posar.
