Luis Hevia Jiménez ocupa un cargo que, en teoría, debería ser de los más serios y menos estridentes del gobierno estatal. Como Secretario Técnico de Planeación y Evaluación (SEPLAN) su función es clara: coordinar el Sistema de Planeación del Desarrollo Estatal, elaborar el Plan Estatal de Desarrollo, dar seguimiento, evaluar políticas públicas, medir resultados y verificar que los programas y proyectos realmente cumplan metas. Planeación, evaluación, técnica. No reflectores.
Sin embargo, algo se desvió en el camino. Hoy vemos a Luis Hevia más activo frente a una cámara que frente a los indicadores. Más cómodo dando reportes de detenidos y cifras de seguridad pública —función que corresponde a la Secretaría de Seguridad Pública— que explicando si los programas estatales están dando resultados reales o si el gasto público está bien dirigido.
¿Desde cuándo SEPLAN es vocería de seguridad? ¿Desde cuándo medir resultados se convirtió en contar detenidos como si fueran trofeos de gestión? La confusión de funciones no es menor: revela una obsesión por figurar, no por evaluar.
El trabajo por el que te pagan no se presume, se cumple. Y cuando se presume, normalmente es porque se quiere vender algo más. En este caso, la ambición política es evidente. Los videos, las cifras a modo, las obras repetidas hasta el cansancio —como los caminos sacacosechas presentados como si fueran la octava maravilla— no son rendición de cuentas, son precampaña disfrazada de “información”.
No es casualidad. Luis Hevia no es ningún improvisado. Fue uno de los brazos derechos de Ivonne Ortega Pacheco, y en esos tiempos era bien sabido que tenía voz y voto en decisiones clave, incluidos contratos y repartos de poder. Hoy pretende reinventarse, borrar el pasado y vender una imagen de funcionario cercano, eficiente y todólogo.
Pero la memoria política existe. Y también existe el hartazgo. Pretender ganar aceptación saliendo todos los días en video, ocupando funciones ajenas y creyendo que la gente confunde exposición con resultados, es francamente ridículo. Tan ridículo que incluso muchos políticos —de su propio entorno— no lo pueden ver.
Yucatán no necesita secretarios técnicos convertidos en voceros improvisados ni funcionarios en modo campaña permanente. Necesita planeación seria, evaluación real y funcionarios que entiendan que el cargo no es un trampolín electoral, sino una responsabilidad pública.
Porque cuando el planeador quiere ser candidato, lo primero que se pierde no es la discreción: se pierde el rumbo.
