Infancia abandonada, privilegios intactos.
En Yucatán, donde el discurso oficial presume sensibilidad social y compromiso con los más vulnerables, la realidad vuelve a exhibir una contradicción dolorosa: mientras la Prodennay —la institución encargada de proteger a la infancia— se encuentra debilitada, olvidada y hasta traicionada desde dentro, otras dependencias como el DIF Yucatán parecen vivir en una burbuja de privilegios.
Resulta alarmante que, en una institución tan sensible como la Prodennay, un empleado haya optado por “voltearse”, evidenciando no solo posibles conflictos internos, sino la fragilidad institucional que debería ser impensable en un organismo cuya misión es proteger a niñas, niños y adolescentes. Cuando quienes deben cuidar fallan —o peor aún, abandonan su deber— el daño no es administrativo: es profundamente humano.
Pero lo verdaderamente indignante es el contraste. Mientras la Prodennay carece de atención, recursos y respaldo, el DIF estatal es señalado por el uso de recursos públicos en viajes, vestimenta, vehículos de lujo, camionetas ostentosas y choferes. No se trata de percepciones menores, sino de una narrativa que se repite y que indigna a una ciudadanía cada vez más consciente.
La pregunta es inevitable: ¿dónde están las prioridades? ¿Cómo se justifica que una institución vital para la protección de la infancia opere en condiciones precarias, mientras otra presume comodidades que poco tienen que ver con la asistencia social?
La infancia no puede esperar. Cada día de abandono institucional se traduce en derechos vulnerados, en historias invisibles, en menores que quedan a merced de un sistema que debería ser su escudo, no su debilidad.
Hoy, más que nunca, Yucatán necesita congruencia. No se puede hablar de bienestar mientras se descuida a quienes más lo necesitan. No se puede presumir compromiso social mientras se tolera el derroche en unos y el abandono en otros.
Porque cuando se trata de niñas, niños y adolescentes, no hay espacio para la simulación. O se les protege de verdad, o se les abandona. Y hoy, lamentablemente, los hechos parecen inclinarse hacia lo segundo.
