La educación en Yucatán atraviesa hoy uno de sus momentos más indignantes y deshumanizados. Mientras desde el centro del país el secretario de Educación Pública, Mario Delgado lanza ocurrencias administrativas disfrazadas de “ahorros” y “reordenamientos”, en Yucatán el secretario de Educación, Juan Balam Várguez, parece haber encontrado la forma perfecta de quedar bien con los números… sacrificando familias completas.
Porque eso es lo que está ocurriendo: personas que llevan años trabajando bajo contratos temporales, sosteniendo escuelas, oficinas y servicios educativos, hoy están siendo desplazadas como si fueran desechables. Gente que aguantó la incertidumbre sexenio tras sexenio, con la esperanza de obtener estabilidad laboral después de más de tres años de servicio, hoy recibe como respuesta el despido y la indiferencia.
Y resulta imposible no preguntarse: ¿para qué quiere “ahorrar” ese dinero si el presupuesto ya está etiquetado y autorizado para este año? Que no se hagan los ingenuos. Ese recurso no salió del bolsillo del secretario ni de ningún funcionario; fue aprobado precisamente para garantizar el funcionamiento educativo y el pago del personal. Entonces, si están cancelando contratos, ¿a dónde terminará yendo ese dinero?
Lo más grave no es solamente la decisión administrativa. Lo verdaderamente cruel es la absoluta falta de humanidad con la que se está actuando. Detrás de cada contrato cancelado hay hijos, rentas, medicinas, deudas y familias enteras sobreviviendo en una economía cada vez más difícil. Hablan de transformación y de justicia social, pero en los hechos están dejando en la calle a trabajadores que ya habían entregado años de servicio al sistema educativo.
Es una contradicción grotesca: por un lado presumen el llamado “Renacimiento Maya”, pero por el otro comienzan una política de recortes laborales que recuerda los peores tiempos del agandalle burocrático. ¿Dónde quedó el discurso de apoyar al pueblo? ¿Dónde quedó la promesa de dignificar al trabajador?
Porque mientras muchos maestros y empleados administrativos siguen esperando una basificación que nunca llega, ahora ni siquiera se les respeta la oportunidad de continuar laborando. Primero los mantuvieron durante años en precariedad; ahora los expulsan para presumir “eficiencia”.
Sería interesante preguntarle a Juan Balam Várguez qué sentiría si mañana le quitaran su fuente de ingreso. Si de un día para otro le dijeran que ya no hay espacio para él, después de años trabajando. Tal vez entonces entendería el daño humano que hoy está causando desde una oficina climatizada.
Y también es momento de exigir una postura firme del gobernador Joaquín Díaz Mena. Porque gobernar no solamente consiste en repetir slogans políticos o hablar de bienestar; también implica impedir abusos contra quienes menos poder tienen. Si este es el verdadero rostro del llamado “Renacimiento Maya”, entonces miles de trabajadores ya comenzaron a descubrir que el supuesto cambio terminó convirtiéndose en un retroceso laboral disfrazado de austeridad.
