En Yucatán ya no sorprende que algunos políticos confundan la política social con el espectáculo, ni el servicio público con una forma de vida hereditaria. Lo verdaderamente insultante es que todavía pretendan venderlo como “ayuda a la gente”. El caso de Jorge Carlos Ramírez Marín es el ejemplo perfecto de esa simulación profesionalizada.
Ramírez Marín no ha vivido de la iniciativa privada, ni del riesgo empresarial, ni del trabajo comunitario. Ha vivido —cómoda y permanentemente— del erario y de los cargos públicos. Durante décadas encontró cobijo en el PRI, partido que le dio todo: posiciones, presupuesto, reflectores y poder. Y cuando el PRI dejó de garantizarle lo que quería, no hubo ideología que defender ni principios que sostener: se mudó al Partido Verde Ecologista como quien cambia de camisa, buscando seguir pegado a la ubre del presupuesto.
Hoy intenta venderse como benefactor social. Hace rifas de tablets, reparte azúcar en comunidades con pobreza estructural y posa para la foto como si eso fuera política pública. No lo es. Es clientelismo de baja estofa. Es tratar a la gente como si fuera ingenua, como si el abandono histórico de las comunidades se resolviera con un puñado de dulces y un sorteo improvisado.
Porque ayudar de verdad implicaría impulsar políticas públicas serias, gestionar recursos con impacto real, generar condiciones para mejorar el ingreso, la educación, la salud y el desarrollo regional. Pero eso exige visión, trabajo y compromiso, no dádivas ni shows de fin de semana.
Ramírez Marín ha ocupado prácticamente todos los cargos posibles: fue secretario de Estado en la SEDATU, senador de la República, varias veces diputado federal, presidente de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, Oficial Mayor del gobierno de Yucatán y dirigente estatal del PRI. Con ese historial, la pregunta es obligada: ¿en qué mejoró la vida de las comunidades que hoy visita con bolsas de azúcar? ¿Dónde están los resultados estructurales de tantos años de poder?
También sería sano preguntar cuántas propiedades tiene, cuánto mide su rancho y de dónde salió ese patrimonio. Preguntas legítimas para alguien que ha vivido toda su vida del presupuesto público. Y ya entrados en cuentas pendientes, que explique qué pasó con la camioneta oficial que tenía a su disposición cuando fue dirigente del PRI en Yucatán. ¿De verdad se la “atravesó un tren”? Porque en la política de simulación siempre hay versiones oficiales que chocan con la memoria colectiva.
La gente ya no necesita políticos que repartan migajas mientras acumulan privilegios. Yucatán no necesita rifas, necesita políticas públicas, No necesita simulaciones, necesita resultados. Y no necesita farsantes que, después de décadas ha sido un vividor del poder, y todavía pretenda presentarse como un mesías.
Aun se sigue vendiendo como si estuviera vigente, cuando ya tiene más de 64 años de edad y por lo que dice tener: vigencia y poder, es por los cargos que ha ocupado y el dinero que ha amazado durante muchos años como político vitalicio. Ver en charla a dos perdedores a la Alcaldia de Mérida, es verse asi mismo.
La simulación y la farsa ya se acabó. o al menos ya nadie le cree.
