La LXIV Legislatura del Congreso de Yucatán pasará a la historia no por sus reformas, ni por su defensa de causas sociales, sino por algo mucho más evidente: la irrelevancia. Y dentro de ese gris uniforme, un grupo de diputadas y diputados locales presume con orgullo su “vocación docente”, como si el simple hecho de haber pisado un aula los absolviera automáticamente de la mediocridad legislativa.
El problema es que el discurso no legisla y la docencia, cuando se usa solo como membrete político, se convierte en un recurso vacío.
Ahí está Wilbert Dzul Canul, con un largo currículum en la administración pública, que paradójicamente no se traduce en iniciativa, liderazgo ni resultados visibles. Experiencia le sobra; impacto legislativo, ninguno. Mucho pasado, poco presente y cero futuro para el magisterio que dice representar.
Rafael Germán Quintal Medina, Maribel del Rosario Chuc Ayala y Ayde Verónica Interián Argüello transitan el Congreso como sombras: sin posicionamientos firmes, sin propuestas de fondo, sin una sola acción que sacuda la estructura injusta que sigue castigando a maestras y maestros en todos los niveles, especialmente en el básico, el más olvidado y el más golpeado.
Mención aparte merece José Julián Bustillos Medina, más ocupado en reunirse con líderes sindicales de ocasión —de esos grises que solo aparecen para la foto— que en construir una agenda real para el magisterio. Le encanta figurar en redes sociales, posar, publicar, aparentar cercanía. Pero fuera del encuadre, no hay una sola victoria legislativa que defender, ni una causa educativa que haya avanzado gracias a su trabajo.
Y luego está Neyda Aracely Pat Dzul, quien presume ser la primera mujer indígena en ocupar la presidencia de la Mesa Directiva. Y sí, el dato es histórico. Pero la pregunta es inevitable: ¿y luego? Porque los símbolos, cuando no se acompañan de decisiones valientes, se quedan en anécdota. Ser la primera no basta si no se usa el cargo para transformar, incomodar y defender con firmeza a quienes dice representar.
Finalmente, Rosana de Jesús Couoh Chan, cuya presencia legislativa ha sido tan discreta que cuesta distinguir dónde empieza su trabajo y dónde termina el silencio. Otra diputada atrapada en la inercia, en la comodidad del cargo, en la política sin riesgos.
Todos ellos comparten algo más que su pasado docente: han sido incapaces de hacer justicia al magisterio. No han impulsado mejoras laborales reales, no han defendido condiciones dignas, no han alzado la voz cuando el sistema sigue precarizando a quienes sostienen la educación pública.
Presumen ser maestros, pero no enseñaron nada desde el Congreso.
Presumen vocación social, pero no dejaron huella aunque aún están a tiempo.
Presumen representación, pero no representaron a nadie.
En la LXIV Legislatura, estos nombres no serán recordados por lo que hicieron, sino por lo que no se atrevieron a hacer. Y eso, en política, es la forma más clara del fracaso.
