Entre la intención y el cerco mediático.
El gobernador Joaquín Díaz Mena ha dejado en claro —al menos en el discurso— que quiere hacer bien las cosas. Ha repetido que su administración será distinta, cercana a la gente y firme en sus principios. Sin embargo, gobernar no es solo tener buenas intenciones; es también rodearse de perfiles capaces, responsables y comprometidos. Y ahí es donde comienzan los problemas.
Una y otra vez, diversos errores administrativos, decisiones cuestionables y falta de operación política de algunos integrantes del gabinete terminan convirtiéndose en crisis públicas. ¿Y quién da la cara? El gobernador. ¿Quién enfrenta los señalamientos? El gobernador. Mientras tanto, varios de sus colaboradores parecen más preocupados por su imagen personal o por evitar el desgaste que por asumir responsabilidades.
En vez de corregir deficiencias de fondo, la estrategia parece centrarse en contener el daño mediático. Y ahí entra el papel del jefe de Comunicación Social, Joaquín Ocampo, cuya política de relación con medios ha generado comentarios en distintos espacios. Se percibe una práctica donde la pauta publicitaria funciona como mecanismo para suavizar críticas y evitar cuestionamientos.
Pero hay una diferencia profunda entre comunicar y maquillar.
Cuando se destina presupuesto público para que determinados medios eviten señalar errores o deficiencias, no se fortalece la administración; se debilita. Se construye una burbuja artificial donde todo parece ir bien, mientras en la realidad persisten fallas estructurales. Y esa desconexión entre narrativa y percepción ciudadana suele ser letal en política.
Basta observar ciertos espacios en redes sociales y portales digitales: cuentas que jamás formulan una crítica, que siempre encuentran justificación a cada tropiezo y que sistemáticamente omiten los desaciertos del gabinete. La pregunta no es si reciben publicidad —eso es legal y común— sino si esa relación condiciona la línea editorial. Porque cuando la crítica desaparece por completo, la ciudadanía comienza a desconfiar.
El problema no es la prensa crítica; el problema es el silencio comprado. La crítica, incluso dura, permite corregir rumbo. El silencio complaciente solo acumula errores hasta que estallan.
Si el gobernador realmente desea que su administración trascienda, necesita menos blindaje mediático y más autocrítica interna. Necesita funcionarios que resuelvan, no que lo expongan. Necesita comunicación estratégica basada en resultados, no en contención.
Porque cuando se paga para que no hablen mal del gobierno, lo que se obtiene no es respaldo: es un espejismo. Y los espejismos, tarde o temprano, se desvanecen.
